Lo que empezó siendo un simple libreto
para un video de cinco minutos que me fue encargado por Pablo Arango para un
curso de primíparos de filosofía, terminó siendo el pretexto para todo un
escrito sobre cómo abordar uno de los campos de estudio más complejos de hacer
encuadrar en la actualidad
La
filosofía como profesión es como jugar con fuego. En cada episodio se siente
uno salvado; es una de esas cosas absurdas que a menudo me pregunto cómo
diablos terminé en ella. Cuando me detengo a examinar el panorama, me sobrecoge
esta sensación de que esta cosa por
mucho me excede, que no entiendo en realidad nada, que soy un impostor, además
de un tonto. Porque en alguna medida el
ejercicio de la filosofía se asemeja al camino del mártir: uno se niega a hacer
algo –seguir una carrera tradicional- impulsado por la terquedad y en algún
momento mira para abajo y la hoguera humea a los pies de la estaca a la cual
uno está atado.
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| La filosofía como plomería |
La
filosofía es distinta a otras profesiones. No lanzo al mundo una estrofa
romántica; es distinta no porque ella, como en los sueños de los humanistas,
nos provea de una clarividencia especial, no porque se sea más que el científico o el vendedor o el administrador, sino porque
en muchos sentidos constituye una lucha contra la corriente. ¿En qué consiste
esa lucha? ¿Cómo se afronta? ¿Contra quién es?
Comencemos
por lo básico, la primera línea en el combate. Su lucha es contra ciertas
formas enconadas de ver las cosas, contra conceptos que se han vuelto costras
que no se pueden quitar de un halón o que levantan una ventisca que no nos deja
ver. Mary Midgley comparaba la filosofía con la plomería; vivimos rodeados de
una serie de conceptos que la mayor parte del tiempo nos permiten interactuar
con el mundo. Cuando empiezan a hacer agua, sin embargo, es preciso tomarse el
tiempo de ver qué va entre las paredes. La filosofía tiene la difícil tarea de
examinar esos conceptos sobre los que vamos montados. El filósofo positivista Otto
Neurath comparaba estos conceptos con un barco en el que navegamos y que nunca
podemos llevar a puerto seco para reparar. Debemos hacerlo sobre la marcha. ¡Qué
rara termina siendo la nave! Unos planchones viejos, otros nuevos, palancas que
accionan el motor o mueven las velas y otras que no hacen nada. La filosofía
implica un examen muy peculiar de las creencias, unas que no existen sólo en la
cabeza de las personas. Esa locura, la de hablar de creencias que existen fuera
de nosotros, mejor se comprende si se piensa en cómo las ideologías, al igual
que la moda, las comparte un grupo de personas. Pareciera que las ideas existen
no sólo en cada cual, sino que tienen un ser propio. Platón no estaba del todo
equivocado cuando le daba a sus eidos
un lugar privilegiado entre todo lo que existe.
La filosofía es una lucha contra ciertas tendencias en esas ideas,
contra lo que hay de erróneo en las concepciones dominantes. Será por lo tanto
una lucha al tiempo pública y contra sí mismos. Si la siguen, y si tienen
suerte, entrarán a formar parte de un grupo escaso y odiado que le recuerda a
la sociedad que no está viendo en momentos que reclama clarividencia.
Su
lucha específica a menudo será con las personas que les dicen que ya pasaron
por lo mismo que ustedes, que ya se curaron del “idealismo”, que en el fondo
eres como ellos. Si bien no hay una experticia en las ideas, serán más hábiles
que otros para manipular los conceptos, para darles la vuelta y sacar de ellos
conclusiones. No sabrán más que los demás, pero el sólo declarar que ven las
cosas de manera distinta los hará el objetivo de ese odio específico que genera
la incomprensión. Por ello, como el Kung-Fú, la filosofía a menudo será una
práctica que la sociedad les pedirá que no ejerzan. En una empresa lo primero
que nos dicen es que no nos contrataron para pensar por nosotros mismos.
También
deberán ser recelosos de la mucha gente que dice que ama las ideas. Contra ellos a menudo se debe batallar más
asiduamente; acá entran toda clase de “iluminados” por la inspiración religiosa,
los que revientan de entusiasmo con las ideas de un pensador como ante un
cuadro de Van Gogh, los que quieren morir
asombrados para usar la expresión de Sartre. Desde las esferas de la
política, las religiones, la educación, han reducido el pensamiento a pequeñas
ingenierías en las que una cosa lleva a otra, según unos principios dados por
una ideología y que sólo admiten una serie de conclusiones. Pero lo
radicalmente peligroso del pensar es que puede terminar en cualquier lado; esto
lo aprenderán con creces en su contacto con la filosofía. Y a la mayoría no le
gusta que el pensar no conduzca a lo que ya consideran cierto. Consideren las
implicaciones nefastas que tiene la palabra “librepensador” en Colombia.
La
mayor decepción que tendrán en esta lucha contra la ignorancia es la que se da
contra la “gente práctica”. No son vulnerables a las fuerza de los argumentos
ni a la persuasión de las palabras, precisamente porque su vocación por lo
práctico es un dogma que poco tiene de razonable, o si a ello vamos, de
“práctico”. En muchas cosas, verán que la sociedad que les acusa de defender
metafísicas insostenibles sostiene ella misma unas más poderosas e
incomprensibles. ¿Acaso no es más concreto el fuego de Heráclito que el sistema
financiero? Ya decía Marx que la economía es la metafísica de la clase alta.
Sus vidas serán una lucha por mostrar
que están parados sobre un piso sólido mientras son todos los demás los que a
menudo construyen castillos sobre la arena. Será ese un sufrido intento de
mostrar cómo se les acusa de aquello de lo que los demás padecen. En efecto, la
gente suele ver en los otros lo que es su mayor defecto.
La
más peligrosa de esas ideologías es una difusa y enorme, apenas perceptible que
como el aire se cuela por todos lados. En más de una ocasión se verán
intentando explicar que las cosas no fracasan porque uno no crea en ellas, que
un cambio de actitud no hará que todo se torne como una tarde soleada, que su
problema no es que piensen mucho, ni que lo que les ha despedazado la vida es
el espíritu crítico. Su credo, valga la tontería, no es la fe. Un filósofo
construye sentido no a partir de la creencia, sino del saber, una lección
insistentemente impartida por Platón.
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| Muerte de Sócrates |
Estas
tendencias son una especie de normalidad para muchos. Como el agua para los
peces, escudriñar en ellas no sólo los volverá el objeto de críticas, sino de
una percepción de profundo sinsentido por parte de los demás. No se confundan
ni un solo momento; entre más poder tiene un miembro de esta sociedad a la que pertenecemos,
más predispuesto estará a ver sentido en los fundamentos de nuestra vida porque
justamente sobre ellos crece el poder, se hace dinero, se ganan elecciones y
uno ejerce dominio sobre otro. Sin embargo, el hecho de que nuestras luchas
intestinas del pasado parezcan fracasadas nunca debe concebirse como un motivo
para sucumbir a la tentación muy contemporánea de ensayar el error en aras de
la novedad, para declarar sin-sentido lo que hizo de esas causas una
búsqueda valiosa. Así la filosofía y el mundo de las ideas parezca terminado y
cerrado, lo que sabemos es una isla diminuta en un océano de incertidumbre para
usar la expresión de Kant. Siempre es posible decir algo nuevo, e incluso
cuando descubren que otros ya lo han dicho, la idea proferida será nueva para
ustedes. Parte de lo radicalmente hermoso que tiene la filosofía es esta
capacidad de hacer que la palabra antigua cobre nueva vida cada vez que se
profiere.
La
aventura señalada con las ideas tiene sin embargo, un lado aciago. La vieja enseñanza
de que las ideas al fin y al cabo prevalecerán parece no ser cierta y
constituye una terrible y mal-guiada enseñanza de la lógica que
desafortunadamente nos tenemos que creer. Ya lo señalaba en la antigua Grecia
Trasímaco al ver a los filósofos luchando por tener el mejor argumento; nada de
esto importa porque el trasfondo último es el poder y las decisiones
impositivas que vienen con él. Sin embargo, renunciar a los argumentos para
ustedes será tanto como para un médico renunciar a la salud dada la
pre-eminencia de la muerte. A pesar de la debilidad de los argumentos frente al
poder, dejar de argumentar es una de esas cosas que simplemente hará que no
quede más opción que el cuchillo al cuello, pero que cuando se hace poco se
nota.
Su
labor la tendrán que hacer a muchos niveles, haciendo uso de diversas escalas.
No crean que la enseñanza escolar o universitaria es el único campo apto para
ser un filósofo: la filosofía en estas instancias es como hacer
representaciones del mundo con muñecos de plastilina, un ejercicio que al
parecer sólo hacemos en el colegio y que como el dibujar, las personas tarde o
temprano, cuando dejan de saber cómo jugar, simplemente abandonan. Suele pasar
lo mismo con la reflexión filosófica; se ha convertido en un simulador de
pensamiento que se supone que hagamos sólo en nuestro proceso educativo, pero
que nunca hemos de intentar en casa o en los escenarios reales. Considérese el
ensayo en las universidades americanas, cómo es una “simulación” del
pensamiento que rara vez se hace para algo distinto a un proceso de admisión o
como requisito dentro de una materia. Pienso en la labor filosófica más bien
como la definió Wittgenstein: un ejercicio que a pesar de que sólo se hace de
vez en cuando en el momento en que alguien enreda los conceptos, es una
aclaración que llevamos a la vida diaria, no este lastre de ideas amarillentas
que arrastran los profesores de buzo de cuello de tortuga por los corredores de
los institutos.
Todo
lo que he dicho hasta ahora apunta de alguna manera a la enorme pertinencia de
las ideas. Un equilibrio delicado que tendrán que tener es el de no escalar en
ella al punto de tomarse a sí mismo como ostentadores de una alta misión. En poco,
intento decir que no se tomen a sí mismos muy en serio. La “seriedad”, en el
sentido de solemnidad y auto-importancia es el origen de una gama enorme de
males que nos aquejan: es serio y adulto tener que sacar a la gente de un
territorio ante la inminencia de la perforación de un pozo de petróleo; es
serio hacer un juicio de lanzamiento a personas de la tercera edad porque por
encima de todo sentimiento, eso demanda la ley; es acorde a un negocio serio que
el que no alcanza una meta de producción se tenga que ir de la empresa. Esa
seriedad es una forma contemporánea de declarar a lo sensato insostenible, aún
en contra de la enorme variedad de percepciones y sentimientos humanos.
Andar
por ahí pensando que uno está haciendo la labor crucial sin la cual otros
morirían, que si uno deja de hacer su ontología –o su ética o su epistemología
o su lógica, escojan la que más les guste- nada será igual o real, que alguien
espera los resultados de su “investigación” es un ridículo injustificado
similar a los anteriores ejemplos, y
suele servir sólo al propósito de que los burócratas universitarios conviertan de
una manera “seria” el conocimiento en dinero. En este sentido, invito a ser
irresponsable ante la idea de que la filosofía es un campo que se debe avanzar,
que ser un joven investigador en
filosofía es tan importante como dar pasos en el desarrollo de una vacuna. De
hecho, creo que la filosofía no crece de esa manera, que no hay un asunto que
ir avanzando y que nuestro trabajo no es crucial en el sentido de que el
conglomerado humano probablemente hubiera podido llegar hasta donde llegó sin
él. El nuestro, sin duda, es un ejercicio de enorme humildad. En una cultura secular, la filosofía no es más que otro género literario.
Como todo género literario, no atenderlo no será nuestra condena, porque dejar
de atender a las lecciones de filosofía no ha de ser como perderse la misa.
El
que la filosofía sea un género literario, sin embargo, hace trinar unas
campanas que hay que escuchar. Una parte esencial de la fórmula que irán
construyendo para ser filósofos es encontrar un tono. Podrán impostarlo por
poco tiempo, pero llega un momento en el que el tono es cierto o no lo es. Para
fingirlo, la mejor fórmula es serlo. Esto tomará tiempo, mucho tiempo. La
filosofía tiene la desventaja a diferencia de la novela de que no pueden inventar un personaje para decir
las cosas que quieren decir. Como el tener una voz para cantar boleros, sólo se
verán provistos de ese tono a una edad que no es temprana; recuerden que los
antiguos griegos hablaban del acmé,
el tiempo de florecimiento de un filósofo que era alrededor de los 50 años. Uno no se habitúa al conocimiento; se habitúa a la vida,
al dolor, a las privaciones o a la abundancia y con ello llega inevitablemente
una cosa que más o menos se asemeja al saber. Suele llegar cuando el cerebro
está en cierto declive, pero cuando se es muy joven poco se piensa en el
sentido de todo porque la vida parece infinita.
Esto lo he vivido con todo lo que implica. Ignoro si he “florecido” en algún
momento. Al igual que Husserl, me siento aún un principiante en esta
disciplina. Antes de mi edad, probablemente aún no se tenga la costumbre más
que de repetir a otros pensadores. Y no hay nada de reprochable en ello. En las
primeras etapas formativas es más sencillo vivir bajo la sombra de un pensador
que le dispensa a uno todo: una visión del mundo, unos argumentos en todo
debate y hasta una identidad personal. La educación impartida a menudo así lo
demanda. Encontramos una morada protegida y segura en los grandes de la
tradición.
Pero
hay que ser en extremo cuidadosos. Si bien, como lo señalábamos, atesorar estos
amores filosóficos es una condición para escalar de ascenso al pensamiento
propio, es preciso renunciar a lo que Rubén Sierra Mejía llamaba “convertirse
en el representante legal de un pensador en Colombia”: el único que puede hablar de X soy yo, soy dueño de ese feudo temático,
yo soy el gran experto en X y en realidad fui yo quien traje a ese pensador al
panorama nacional. Es fácil que esa costumbre se prolongue y al cabo de un
tiempo terminamos haciendo una carrera completa, parados iracundos diciéndole a
todos los demás que han fallado en algún sutil punto de interpretación respecto
a nuestro representado. Al mundo no le importan esos feudos. Le importan las
ideas, vengan de donde vengan. Y estas, como en la cocina, han de ser frescas,
propias, servidas humeantes y no recalentadas.
Pero
permítanme decir unas palabras más sobre la auto-importancia, una enfermedad
endémica de los filósofos como la silicosis del pulmón lo es a los mineros. Yo
mismo fui víctima de este “tomarse en serio” a sí mismo. Como filósofo joven me
enorgullecía de que alguien dijera que yo tenía una capacidad impresionante para el trabajo. Muchas veces huí de la compañía
de otros, apresurado por llegar a casa a resolver algún oscuro problema de la
metafísica que tenía más de dos mil años. No se mientan a sí mismos pensando
que están haciendo progresar un frente. La filosofía no es en ello como la
ciencia; No se preocupen siquiera de si
lo que están haciendo se llama filosofía; a nadie le importa. Lo que se exigirá
de ustedes no es el ascetismo, es poder decir al conglomerado del cual se
sienten pertenecientes que no es que ustedes sean más inteligentes que ellos,
sino que tienen la capacidad de ver las cosas con otros enfoques.
Pero
aún así, no lo pongan en duda por un momento, Colombia es un país desesperado
por ideas. Y el que las está proveyendo en el momento tiene demasiado interés
en el asunto como para que dichas ideas puedan esparcir el bien que suelen
procurar. La redención del pensar no vendrá al mundo a través de los pastores
ni los periodistas. Es nuestra responsabilidad.
El esfuerzo, más que hacerlas específicas, será el de darlas al mundo en su
estado más natural, más simple, más puro y básico. Y no esperar mucho de ello. Decía
Todorov que su esfuerzo como escritor toda la vida fue por escribir más
sencillo.
Esta
divulgación implica una pericia tan grande o incluso mayor que la
hiper-especialización. Sin embargo, es justamente la hiper-especialización el
criterio torpe que se ha usado para dividir el mundo académico. En efecto,
quizá el ejercicio académico les sugiera que hay unos que “están en la jugada”
y otros que no; unos que dictan los seminarios de doctorado y otros peleles que
van a parar a las clases de los primíparos. Para los filósofos, por lo general,
los “duros” son lo que mayor capacidad de abstracción poseen. Pero he de decir
que esta tendencia, una desafortunada heredad de los cuadros de la política
partidista, es una de las que más daño ha causado a la filosofía, sobre todo
en la universidad pública. No entren nunca en esa dinámica de “estos” son los
que van a la fija y pescan con dinamita, pasean con putas y disparan sólo
perdigones. A menudo el más apto para el trabajo intelectual, en poco, el que
más desprecia el poder en aras del conocimiento es el que sale señalado como un
inepto. Él no querrá seguidores ni los esquemas de poder implicados en
conseguirlos. Háganse la pregunta: ¿qué es más fácil de responder? ¿algún
oscuro concepto sobre el compromiso esencialista de la lógica modal o la
pregunta “qué es la filosofía”? Son justamente los valores del que primero
capotea el toro bravo los que forman parte de un auténtico pensador. Los
problemas aristotélicos de T5 son para el que gusta del toro agotado, lleno de banderillas. Así,
si sienten la necesidad imperiosa de ser epígonos, sigan en silencio al que no
quiere ser seguido.
La
filosofía es una actividad variada. No le teman a la palabra “diletante”,
porque muchas de las grandes cosas nos han llegado a través de la diletancia.
Sea como sea, nunca olviden que la vida
está allá afuera, que a ese amado profesor lo empujan en la fila igual que a
ustedes, así pueda seducir a sus alumnas en clase. En poco, resistan la
tentación de pensar que el alma mater
es la vida. Una de las lecciones más básicas de la filosofía misma es a favor
de la conversión del filósofo en un cosmopolités,
un habitante del mundo, así nunca salga de su nicho local, como Kant que nunca
salió de su ciudad Königsberg.
Si se la saben ganar como filósofos, saben estar en la calle, saben que la
imagen de que todo el mundo los amará por hacer preguntas impertinentes es
falsa, que la idea de que la sociedad tendrá un nicho especial por ser
filósofos en Colombia simplemente no aplica. Serán parrilleros en tierra de
veganos, el caníbal entre los antropólogos. La historia de la vida de Sócrates
lo enseña con creces…siendo filósofo hay que morir para que todo el mundo llegue
a la conclusión de que la existencia del occiso tenía sentido.
Pronto
descubrirán que esta contingencia, esta dispensabilidad de sí mismos como
persona se aplica incluso en vida. Yo lo sentí cuando aprendí que la gente
asociaba –a menudo con razón- el ser filósofo con frases como “La Nada Nadea”
(Heidegger), o “La realidad es un ramillete de datos de los sentidos”
(atribuible a varios empiristas). Como con todas las demás cosas, hablen de
aquello de lo cual tengan experiencia: la nada nadeando, los ramilletes de sense data no forman parte de la vida de
nadie que yo conozca. Son muy importantes, pero al fin y al cabo son piezas del
museo filosófico. Sean honestos, no se hagan de estas frases si no las sienten
propias, no vivan en ellas si no han de alguna manera salido de ustedes, si
nada les dicen.
Ya
llegará el momento de tener un jardín propio, abundante, florido que se nutre
de una mirada que se posa sobre todo con igual intensidad. Pero tomará tiempo;
quizá debamos subirnos en los hombros de los filósofos ilustres para poner en
marcha esa máquina propia. En este momento de mi vida, esa es una de las pocas
funciones que le veo al estudio de la tradición. No significa de ninguna manera
que sea una meta secundaria. Lo es casi todo para el que se aventura en esta
disciplina; la presencia de llamas tenues –opacadas por el lenguaje y los años-
a las cuales nos acercamos esperando encender una mecha propia que a menudo
viene empapada de la propia estupidez. Cuando pienso en la filosofía, ahora
pienso en eso; no me importa qué tan ortodoxas sean mis ideas, pienso en una
abundancia prolija, me imagino un universo “carnudo”, si yo fuese un hueso. A
lo que más hay que temer es a la esterilidad, al silencio, a la indiferencia
del desinterés, a ser un hueso al que no se le pega nada.
No
los estoy invitando por ello mismo a la especulación temprana que sólo lleva -y
más rápido de lo que podemos suponer- a una esterilidad que a menudo se siente
irreversible. La lectura de los textos de la tradición filosófica, el cuidado
extremo con los argumentos, el interés por los métodos de la lógica son los
únicos caminos; leer a los clásicos como si la vida dependiera de ello es la
única salvación. Si siguen estas recomendaciones hasta el cansancio, poco a
poco ese universo propio se poblará para los que sepan mirar, y probablemente
sin saberlo pertenecerán a una tradición que por mucho los excede en el tiempo
y en sus alcances.
Los
extremos a los que nos ha llevado el melodrama contemporáneo por la utilidad
probablemente los lleve a evaluar la admisión de ideas cínicas y mediocres. La
filosofía, dado que no hay otra forma de implementarla útilmente, se convierte
en una extensa terapia social alabada por personas que ya no encuentran otro
consuelo en los agotados cursos de superación personal. Pero la filosofía puede
funcionar como terapia sólo de manera analógica. Tampoco puede ser entretención
incondicional. No será fácil dictar un curso de filosofía para que la gente lo siga
como una serie de Netflix. No funciona de esa manera; puede que la filosofía
nos ofrezca consuelo, o al menos a algunos, pero la mayor parte del tiempo
pende como una espada sobre la cabeza, como un fuego que nos consume. Llega un
momento en que la filosofía nos transforma o no lo hace, y en el segundo de
estos casos en realidad no vale la pena. Ciertamente no ofrece ideas
salvíficas, aquellas que según Richard Rorty son las que cómodamente nos
tientan con su canto de sirena a poder dejar de pensar en nosotros mismos.
Ahora
bien, esos cantos no serán los únicos que tendrán que capotear. Como en muchas
otras disciplinas, su solo ejercicio nos expone a la estupidez propia o a
deformaciones del carácter que los demás no podrán ver más que como una
obsesión estereotípica. Aprendan a ver la enfermedad que causa la filosofía: la
terquedad extrema de llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias –ya
presente en Sócrates-; la manía de sospechar de todo al punto que se sospecha
del amor de los demás, de la buena voluntad de la pareja; la incapacidad de ver
sentido en lo que nos depara la vida. En la facultad de filosofía no aprenderán
nada para precaverse contra estas deformaciones. Y sin embargo, qué importante
es mantener todos estos valores bajo el beneficio ocasional que proporcionan a
pesar del sufrimiento. Ya señalaba Francis Bacon que pensar es algo que se hace
con algunos prejuicios y no en contra de ellos. ¿Cuántas veces no se verán
tentados, bien sea por la necesidad o por propia elección contaminante, a
escribir los lineamientos de una política social, porque tu escribes muy bien, o a extender algún código opresivo y estúpido
porque tu entiendes, o a redactar un
manual de instrucciones porque lo pagan muy bien?
No
abogo acá por una forma de purismo. Más de una vez me he visto en esa penosa
situación de tratar de hacer una tarea que sé que es absurda, poniéndole a todo
el empeño una “pizca de filosofía”. Pero no toda la necesidad es tan mala. Hay
que conocer la pobreza (y uso acá el término en un sentido amplio)…poco se
comprende que ella no es una escogencia positiva, sino el rechazo de cierta
forma de opulencia vacía que nos parece ridícula. No en vano los que nos han
precedido en el cultivo de esta llama han sentido cosas similares. Heráclito
arrojó al mar toda su fortuna; Wittgenstein despreció sin pensarlo una herencia
millonaria… simplemente porque la riqueza pareciera una tendencia
unidimensional, porque en los círculos de los más ricos no parecemos encontrar
la compañía que nos hace vibrar como pensadores. Así mismo, la buena costumbre
de los filósofos de respetar sólo lo que es incondicional hace que desconfiemos
del poder. ¿No es más sencillo acaso pensar que las instituciones son endebles
y contingentes? ¿No hubiéramos sin embargo querido como filósofos y como
personas pertenecer, a una casa o a una patria que pudiéramos llamar propia
como se llama propia a la misma naturaleza?
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| Ludwig Wittgenstein |
La
mayor lucha que tendrán probablemente no venga de ese tipo de política en el
sentido amplio de partido sino en el de las “políticas personales”, porque
serán ustedes personas más dadas a guiar su vida por medio de la razón que por
medio de una estrategia. Ya lo decía JS Mill hace más de 150 años; no es del
poder de la política del cual nos debemos precaver, sino del de los demás. Y
créanme el absurdo oxímoron que planteo: la razón puede ser irracional. A
menudo he sido víctima del más inclemente ostracismo personal al buscar la
amistad de alguien, al exponer lo que pienso con claridad y sin tapujos. El
colectivo espera maquinación donde no hay otra opción honesta que elección; un
maniqueo blanco o negro, un sí o no en donde como filósofo se alcanza a ver una
gradación. Si eres diferente, estás condenado a la soledad decía Aldous
Huxley.
Como
si fuera poco, todo esto no los botará a una fama, ni siquiera póstuma. Muy
probablemente como filósofos, la verdad es que en sus vidas influirán sobre
poca gente, sobre una comunidad cerrada y numerada entre la cual a menudo se
cuentan sus propios amigos. No podemos aspirar a más; los sueños de ser un
pensador público, si los logran, probablemente no vendrán más que por sus
propios medios.
Al
interior de las instituciones educativos no llegará el ansiado premio del
pensamiento más que cuando hacen o constituyen una comunidad, esa extraña
amistad y amor del pensamiento compartido con algunos que los siguen y que
aprenden de ustedes. A las universidades les interesa el conocimiento en la
misma medida en que a los restaurantes la nutrición: si se logra como un
producto secundario, maravilloso; si no, no es aquello en lo que están. Las
instituciones, si son verdaderos pensadores con alguna pizca de originalidad,
pronto las sentirán como marcos muy estrechos, más interesadas en la
credencialidad del conocimiento que en el conocimiento mismo. Lo que quiero
decir es que muy probablemente, en este camino sean más las dificultades, y lo
poco que contribuyan al pensamiento será magro y de seguro llegue tarde, pero
no será un ridículo ascenso en un escalafón profesoral.
Si
no hay plena convicción de esa vida o incluso del camino de la filosofía en
general, vale la pena abandonar la absurda tarea de una vez. Créanme que he
conocido a filósofos y a estudiantes de filosofía que no les gusta la
filosofía; vaya uno a saber qué hacen. No hay vergüenza en la renuncia a la que
los invito. Los sueños suelen ser caros y si, como le aconsejaba Rilke al joven
poeta Kappus con respecto a ser escritor, la pregunta de si ser filósofo
pronunciada en la hora más oscura de la noche resonara con un atisbo de duda,
no se insista en ello. Siento que a su edad, esa disuasión es la más efectiva
de las invitaciones. Yo no entusiasmo a nadie a seguir con un camino que no
está trazado para todos. ¿Pero cómo negarles esa estupidez primordial por la
elección que nos vuelve filósofos?
De
otras inclinaciones, en cambio, los invito a estar en alerta constante. Cuando
uno empieza a exhibir formas de impaciencia con la realidad, cuyas
contingencias le parecen afrentas personales; o anda exhibiendo un yo diseñado
por sí mismo que ríe hipócritamente por todo, cuando hay más respeto por los
títulos que por la sabiduría, cuando se cree uno imbuido de una alta misión…no
duden que han caído en los síntomas clásicos de la estupidez que definió
Fernando Savater. Es entonces cuando deben regresar a la filosofía.



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