Ir al contenido principal

Un Caníbal entre los Antropólogos


Lo que empezó siendo un simple libreto para un video de cinco minutos que me fue encargado por Pablo Arango para un curso de primíparos de filosofía, terminó siendo el pretexto para todo un escrito sobre cómo abordar uno de los campos de estudio más complejos de hacer encuadrar en la actualidad

La filosofía como profesión es como jugar con fuego. En cada episodio se siente uno salvado; es una de esas cosas absurdas que a menudo me pregunto cómo diablos terminé en ella. Cuando me detengo a examinar el panorama, me sobrecoge esta sensación de que esta cosa por mucho me excede, que no entiendo en realidad nada, que soy un impostor, además de un tonto.  Porque en alguna medida el ejercicio de la filosofía se asemeja al camino del mártir: uno se niega a hacer algo –seguir una carrera tradicional- impulsado por la terquedad y en algún momento mira para abajo y la hoguera humea a los pies de la estaca a la cual uno está atado.
La filosofía como plomería
La filosofía es distinta a otras profesiones. No lanzo al mundo una estrofa romántica; es distinta no porque ella, como en los sueños de los humanistas, nos provea de una clarividencia especial, no porque se sea más que el científico o el vendedor o el administrador, sino porque en muchos sentidos constituye una lucha contra la corriente. ¿En qué consiste esa lucha? ¿Cómo se afronta? ¿Contra quién es?
Comencemos por lo básico, la primera línea en el combate. Su lucha es contra ciertas formas enconadas de ver las cosas, contra conceptos que se han vuelto costras que no se pueden quitar de un halón o que levantan una ventisca que no nos deja ver. Mary Midgley comparaba la filosofía con la plomería; vivimos rodeados de una serie de conceptos que la mayor parte del tiempo nos permiten interactuar con el mundo. Cuando empiezan a hacer agua, sin embargo, es preciso tomarse el tiempo de ver qué va entre las paredes. La filosofía tiene la difícil tarea de examinar esos conceptos sobre los que vamos montados. El filósofo positivista Otto Neurath comparaba estos conceptos con un barco en el que navegamos y que nunca podemos llevar a puerto seco para reparar. Debemos hacerlo sobre la marcha. ¡Qué rara termina siendo la nave! Unos planchones viejos, otros nuevos, palancas que accionan el motor o mueven las velas y otras que no hacen nada. La filosofía implica un examen muy peculiar de las creencias, unas que no existen sólo en la cabeza de las personas. Esa locura, la de hablar de creencias que existen fuera de nosotros, mejor se comprende si se piensa en cómo las ideologías, al igual que la moda, las comparte un grupo de personas. Pareciera que las ideas existen no sólo en cada cual, sino que tienen un ser propio. Platón no estaba del todo equivocado cuando le daba a sus eidos un lugar privilegiado entre todo lo que existe.  La filosofía es una lucha contra ciertas tendencias en esas ideas, contra lo que hay de erróneo en las concepciones dominantes. Será por lo tanto una lucha al tiempo pública y contra sí mismos. Si la siguen, y si tienen suerte, entrarán a formar parte de un grupo escaso y odiado que le recuerda a la sociedad que no está viendo en momentos que reclama clarividencia.
Su lucha específica a menudo será con las personas que les dicen que ya pasaron por lo mismo que ustedes, que ya se curaron del “idealismo”, que en el fondo eres como ellos. Si bien no hay una experticia en las ideas, serán más hábiles que otros para manipular los conceptos, para darles la vuelta y sacar de ellos conclusiones. No sabrán más que los demás, pero el sólo declarar que ven las cosas de manera distinta los hará el objetivo de ese odio específico que genera la incomprensión. Por ello, como el Kung-Fú, la filosofía a menudo será una práctica que la sociedad les pedirá que no ejerzan. En una empresa lo primero que nos dicen es que no nos contrataron para pensar por nosotros mismos.
También deberán ser recelosos de la mucha gente que dice que ama las ideas.  Contra ellos a menudo se debe batallar más asiduamente; acá entran toda clase de “iluminados” por la inspiración religiosa, los que revientan de entusiasmo con las ideas de un pensador como ante un cuadro de Van Gogh, los que quieren morir asombrados para usar la expresión de Sartre. Desde las esferas de la política, las religiones, la educación, han reducido el pensamiento a pequeñas ingenierías en las que una cosa lleva a otra, según unos principios dados por una ideología y que sólo admiten una serie de conclusiones. Pero lo radicalmente peligroso del pensar es que puede terminar en cualquier lado; esto lo aprenderán con creces en su contacto con la filosofía. Y a la mayoría no le gusta que el pensar no conduzca a lo que ya consideran cierto. Consideren las implicaciones nefastas que tiene la palabra “librepensador” en Colombia.
La mayor decepción que tendrán en esta lucha contra la ignorancia es la que se da contra la “gente práctica”. No son vulnerables a las fuerza de los argumentos ni a la persuasión de las palabras, precisamente porque su vocación por lo práctico es un dogma que poco tiene de razonable, o si a ello vamos, de “práctico”. En muchas cosas, verán que la sociedad que les acusa de defender metafísicas insostenibles sostiene ella misma unas más poderosas e incomprensibles. ¿Acaso no es más concreto el fuego de Heráclito que el sistema financiero? Ya decía Marx que la economía es la metafísica de la clase alta. Sus vidas serán una lucha  por mostrar que están parados sobre un piso sólido mientras son todos los demás los que a menudo construyen castillos sobre la arena. Será ese un sufrido intento de mostrar cómo se les acusa de aquello de lo que los demás padecen. En efecto, la gente suele ver en los otros lo que es su mayor defecto.
La más peligrosa de esas ideologías es una difusa y enorme, apenas perceptible que como el aire se cuela por todos lados. En más de una ocasión se verán intentando explicar que las cosas no fracasan porque uno no crea en ellas, que un cambio de actitud no hará que todo se torne como una tarde soleada, que su problema no es que piensen mucho, ni que lo que les ha despedazado la vida es el espíritu crítico. Su credo, valga la tontería, no es la fe. Un filósofo construye sentido no a partir de la creencia, sino del saber, una lección insistentemente impartida por Platón.
Muerte de Sócrates
Estas tendencias son una especie de normalidad para muchos. Como el agua para los peces, escudriñar en ellas no sólo los volverá el objeto de críticas, sino de una percepción de profundo sinsentido por parte de los demás. No se confundan ni un solo momento; entre más poder tiene un miembro de esta sociedad a la que pertenecemos, más predispuesto estará a ver sentido en los fundamentos de nuestra vida porque justamente sobre ellos crece el poder, se hace dinero, se ganan elecciones y uno ejerce dominio sobre otro. Sin embargo, el hecho de que nuestras luchas intestinas del pasado parezcan fracasadas nunca debe concebirse como un motivo para sucumbir a la tentación muy contemporánea de ensayar el error en aras de la novedad, para declarar sin-sentido lo que hizo de esas causas una búsqueda valiosa. Así la filosofía y el mundo de las ideas parezca terminado y cerrado, lo que sabemos es una isla diminuta en un océano de incertidumbre para usar la expresión de Kant. Siempre es posible decir algo nuevo, e incluso cuando descubren que otros ya lo han dicho, la idea proferida será nueva para ustedes. Parte de lo radicalmente hermoso que tiene la filosofía es esta capacidad de hacer que la palabra antigua cobre nueva vida cada vez que se profiere.
La aventura señalada con las ideas tiene sin embargo, un lado aciago. La vieja enseñanza de que las ideas al fin y al cabo prevalecerán parece no ser cierta y constituye una terrible y mal-guiada enseñanza de la lógica que desafortunadamente nos tenemos que creer. Ya lo señalaba en la antigua Grecia Trasímaco al ver a los filósofos luchando por tener el mejor argumento; nada de esto importa porque el trasfondo último es el poder y las decisiones impositivas que vienen con él. Sin embargo, renunciar a los argumentos para ustedes será tanto como para un médico renunciar a la salud dada la pre-eminencia de la muerte. A pesar de la debilidad de los argumentos frente al poder, dejar de argumentar es una de esas cosas que simplemente hará que no quede más opción que el cuchillo al cuello, pero que cuando se hace poco se nota.
Su labor la tendrán que hacer a muchos niveles, haciendo uso de diversas escalas. No crean que la enseñanza escolar o universitaria es el único campo apto para ser un filósofo: la filosofía en estas instancias es como hacer representaciones del mundo con muñecos de plastilina, un ejercicio que al parecer sólo hacemos en el colegio y que como el dibujar, las personas tarde o temprano, cuando dejan de saber cómo jugar, simplemente abandonan. Suele pasar lo mismo con la reflexión filosófica; se ha convertido en un simulador de pensamiento que se supone que hagamos sólo en nuestro proceso educativo, pero que nunca hemos de intentar en casa o en los escenarios reales. Considérese el ensayo en las universidades americanas, cómo es una “simulación” del pensamiento que rara vez se hace para algo distinto a un proceso de admisión o como requisito dentro de una materia. Pienso en la labor filosófica más bien como la definió Wittgenstein: un ejercicio que a pesar de que sólo se hace de vez en cuando en el momento en que alguien enreda los conceptos, es una aclaración que llevamos a la vida diaria, no este lastre de ideas amarillentas que arrastran los profesores de buzo de cuello de tortuga por los corredores de los institutos.
Todo lo que he dicho hasta ahora apunta de alguna manera a la enorme pertinencia de las ideas. Un equilibrio delicado que tendrán que tener es el de no escalar en ella al punto de tomarse a sí mismo como ostentadores de una alta misión. En poco, intento decir que no se tomen a sí mismos muy en serio. La “seriedad”, en el sentido de solemnidad y auto-importancia es el origen de una gama enorme de males que nos aquejan: es serio y adulto tener que sacar a la gente de un territorio ante la inminencia de la perforación de un pozo de petróleo; es serio hacer un juicio de lanzamiento a personas de la tercera edad porque por encima de todo sentimiento, eso demanda la ley; es acorde a un negocio serio que el que no alcanza una meta de producción se tenga que ir de la empresa. Esa seriedad es una forma contemporánea de declarar a lo sensato insostenible, aún en contra de la enorme variedad de percepciones y sentimientos humanos.
Andar por ahí pensando que uno está haciendo la labor crucial sin la cual otros morirían, que si uno deja de hacer su ontología –o su ética o su epistemología o su lógica, escojan la que más les guste- nada será igual o real, que alguien espera los resultados de su “investigación” es un ridículo injustificado similar a los anteriores ejemplos,  y suele servir sólo al propósito de que los burócratas universitarios conviertan de una manera “seria” el conocimiento en dinero. En este sentido, invito a ser irresponsable ante la idea de que la filosofía es un campo que se debe avanzar, que ser un joven investigador en filosofía es tan importante como dar pasos en el desarrollo de una vacuna. De hecho, creo que la filosofía no crece de esa manera, que no hay un asunto que ir avanzando y que nuestro trabajo no es crucial en el sentido de que el conglomerado humano probablemente hubiera podido llegar hasta donde llegó sin él. El nuestro, sin duda, es un ejercicio de enorme humildad. En una cultura secular, la filosofía no es más que otro género literario. Como todo género literario, no atenderlo no será nuestra condena, porque dejar de atender a las lecciones de filosofía no ha de ser como perderse la misa.
El que la filosofía sea un género literario, sin embargo, hace trinar unas campanas que hay que escuchar. Una parte esencial de la fórmula que irán construyendo para ser filósofos es encontrar un tono. Podrán impostarlo por poco tiempo, pero llega un momento en el que el tono es cierto o no lo es. Para fingirlo, la mejor fórmula es serlo. Esto tomará tiempo, mucho tiempo. La filosofía tiene la desventaja a diferencia de la novela de que no pueden inventar un personaje para decir las cosas que quieren decir. Como el tener una voz para cantar boleros, sólo se verán provistos de ese tono a una edad que no es temprana; recuerden que los antiguos griegos hablaban del acmé, el tiempo de florecimiento de un filósofo que era alrededor de los 50 años. Uno no se habitúa al conocimiento; se habitúa a la vida, al dolor, a las privaciones o a la abundancia y con ello llega inevitablemente una cosa que más o menos se asemeja al saber. Suele llegar cuando el cerebro está en cierto declive, pero cuando se es muy joven poco se piensa en el sentido de todo porque la vida parece infinita.
Esto lo he vivido con todo lo que implica. Ignoro si he “florecido” en algún momento. Al igual que Husserl, me siento aún un principiante en esta disciplina. Antes de mi edad, probablemente aún no se tenga la costumbre más que de repetir a otros pensadores. Y no hay nada de reprochable en ello. En las primeras etapas formativas es más sencillo vivir bajo la sombra de un pensador que le dispensa a uno todo: una visión del mundo, unos argumentos en todo debate y hasta una identidad personal. La educación impartida a menudo así lo demanda. Encontramos una morada protegida y segura en los grandes de la tradición.
Pero hay que ser en extremo cuidadosos. Si bien, como lo señalábamos, atesorar estos amores filosóficos es una condición para escalar de ascenso al pensamiento propio, es preciso renunciar a lo que Rubén Sierra Mejía llamaba “convertirse en el representante legal de un pensador en Colombia”: el único que puede hablar de X soy yo, soy dueño de ese feudo temático, yo soy el gran experto en X y en realidad fui yo quien traje a ese pensador al panorama nacional. Es fácil que esa costumbre se prolongue y al cabo de un tiempo terminamos haciendo una carrera completa, parados iracundos diciéndole a todos los demás que han fallado en algún sutil punto de interpretación respecto a nuestro representado. Al mundo no le importan esos feudos. Le importan las ideas, vengan de donde vengan. Y estas, como en la cocina, han de ser frescas, propias, servidas humeantes y no recalentadas.
Pero permítanme decir unas palabras más sobre la auto-importancia, una enfermedad endémica de los filósofos como la silicosis del pulmón lo es a los mineros. Yo mismo fui víctima de este “tomarse en serio” a sí mismo. Como filósofo joven me enorgullecía de que alguien dijera que yo tenía una capacidad impresionante para el trabajo. Muchas veces huí de la compañía de otros, apresurado por llegar a casa a resolver algún oscuro problema de la metafísica que tenía más de dos mil años. No se mientan a sí mismos pensando que están haciendo progresar un frente. La filosofía no es en ello como la ciencia;  No se preocupen siquiera de si lo que están haciendo se llama filosofía; a nadie le importa. Lo que se exigirá de ustedes no es el ascetismo, es poder decir al conglomerado del cual se sienten pertenecientes que no es que ustedes sean más inteligentes que ellos, sino que tienen la capacidad de ver las cosas con otros enfoques.
Pero aún así, no lo pongan en duda por un momento, Colombia es un país desesperado por ideas. Y el que las está proveyendo en el momento tiene demasiado interés en el asunto como para que dichas ideas puedan esparcir el bien que suelen procurar. La redención del pensar no vendrá al mundo a través de los pastores ni los periodistas. Es nuestra responsabilidad. El esfuerzo, más que hacerlas específicas, será el de darlas al mundo en su estado más natural, más simple, más puro y básico. Y no esperar mucho de ello. Decía Todorov que su esfuerzo como escritor toda la vida fue por escribir más sencillo.
Esta divulgación implica una pericia tan grande o incluso mayor que la hiper-especialización. Sin embargo, es justamente la hiper-especialización el criterio torpe que se ha usado para dividir el mundo académico. En efecto, quizá el ejercicio académico les sugiera que hay unos que “están en la jugada” y otros que no; unos que dictan los seminarios de doctorado y otros peleles que van a parar a las clases de los primíparos. Para los filósofos, por lo general, los “duros” son lo que mayor capacidad de abstracción poseen. Pero he de decir que esta tendencia, una desafortunada heredad de los cuadros de la política partidista, es una de las que más daño ha causado a la filosofía, sobre todo en la universidad pública. No entren nunca en esa dinámica de “estos” son los que van a la fija y pescan con dinamita, pasean con putas y disparan sólo perdigones. A menudo el más apto para el trabajo intelectual, en poco, el que más desprecia el poder en aras del conocimiento es el que sale señalado como un inepto. Él no querrá seguidores ni los esquemas de poder implicados en conseguirlos. Háganse la pregunta: ¿qué es más fácil de responder? ¿algún oscuro concepto sobre el compromiso esencialista de la lógica modal o la pregunta “qué es la filosofía”? Son justamente los valores del que primero capotea el toro bravo los que forman parte de un auténtico pensador. Los problemas aristotélicos de T5 son para el que gusta  del toro agotado, lleno de banderillas. Así, si sienten la necesidad imperiosa de ser epígonos, sigan en silencio al que no quiere ser seguido.
La filosofía es una actividad variada. No le teman a la palabra “diletante”, porque muchas de las grandes cosas nos han llegado a través de la diletancia. Sea como sea,  nunca olviden que la vida está allá afuera, que a ese amado profesor lo empujan en la fila igual que a ustedes, así pueda seducir a sus alumnas en clase. En poco, resistan la tentación de pensar que el alma mater es la vida. Una de las lecciones más básicas de la filosofía misma es a favor de la conversión del filósofo en un cosmopolités, un habitante del mundo, así nunca salga de su nicho local, como Kant que nunca salió de su ciudad Königsberg. Si se la saben ganar como filósofos, saben estar en la calle, saben que la imagen de que todo el mundo los amará por hacer preguntas impertinentes es falsa, que la idea de que la sociedad tendrá un nicho especial por ser filósofos en Colombia simplemente no aplica. Serán parrilleros en tierra de veganos, el caníbal entre los antropólogos. La historia de la vida de Sócrates lo enseña con creces…siendo filósofo hay que morir para que todo el mundo llegue a la conclusión de que la existencia del occiso tenía sentido.
Pronto descubrirán que esta contingencia, esta dispensabilidad de sí mismos como persona se aplica incluso en vida. Yo lo sentí cuando aprendí que la gente asociaba –a menudo con razón- el ser filósofo con frases como “La Nada Nadea” (Heidegger), o “La realidad es un ramillete de datos de los sentidos” (atribuible a varios empiristas). Como con todas las demás cosas, hablen de aquello de lo cual tengan experiencia: la nada nadeando, los ramilletes de sense data no forman parte de la vida de nadie que yo conozca. Son muy importantes, pero al fin y al cabo son piezas del museo filosófico. Sean honestos, no se hagan de estas frases si no las sienten propias, no vivan en ellas si no han de alguna manera salido de ustedes, si nada les dicen.
Ya llegará el momento de tener un jardín propio, abundante, florido que se nutre de una mirada que se posa sobre todo con igual intensidad. Pero tomará tiempo; quizá debamos subirnos en los hombros de los filósofos ilustres para poner en marcha esa máquina propia. En este momento de mi vida, esa es una de las pocas funciones que le veo al estudio de la tradición. No significa de ninguna manera que sea una meta secundaria. Lo es casi todo para el que se aventura en esta disciplina; la presencia de llamas tenues –opacadas por el lenguaje y los años- a las cuales nos acercamos esperando encender una mecha propia que a menudo viene empapada de la propia estupidez. Cuando pienso en la filosofía, ahora pienso en eso; no me importa qué tan ortodoxas sean mis ideas, pienso en una abundancia prolija, me imagino un universo “carnudo”, si yo fuese un hueso. A lo que más hay que temer es a la esterilidad, al silencio, a la indiferencia del desinterés, a ser un hueso al que no se le pega nada.
No los estoy invitando por ello mismo a la especulación temprana que sólo lleva -y más rápido de lo que podemos suponer- a una esterilidad que a menudo se siente irreversible. La lectura de los textos de la tradición filosófica, el cuidado extremo con los argumentos, el interés por los métodos de la lógica son los únicos caminos; leer a los clásicos como si la vida dependiera de ello es la única salvación. Si siguen estas recomendaciones hasta el cansancio, poco a poco ese universo propio se poblará para los que sepan mirar, y probablemente sin saberlo pertenecerán a una tradición que por mucho los excede en el tiempo y en sus alcances.
Los extremos a los que nos ha llevado el melodrama contemporáneo por la utilidad probablemente los lleve a evaluar la admisión de ideas cínicas y mediocres. La filosofía, dado que no hay otra forma de implementarla útilmente, se convierte en una extensa terapia social alabada por personas que ya no encuentran otro consuelo en los agotados cursos de superación personal. Pero la filosofía puede funcionar como terapia sólo de manera analógica. Tampoco puede ser entretención incondicional. No será fácil dictar un curso de filosofía para que la gente lo siga como una serie de Netflix. No funciona de esa manera; puede que la filosofía nos ofrezca consuelo, o al menos a algunos, pero la mayor parte del tiempo pende como una espada sobre la cabeza, como un fuego que nos consume. Llega un momento en que la filosofía nos transforma o no lo hace, y en el segundo de estos casos en realidad no vale la pena. Ciertamente no ofrece ideas salvíficas, aquellas que según Richard Rorty son las que cómodamente nos tientan con su canto de sirena a poder dejar de pensar en nosotros mismos.
Ahora bien, esos cantos no serán los únicos que tendrán que capotear. Como en muchas otras disciplinas, su solo ejercicio nos expone a la estupidez propia o a deformaciones del carácter que los demás no podrán ver más que como una obsesión estereotípica. Aprendan a ver la enfermedad que causa la filosofía: la terquedad extrema de llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias –ya presente en Sócrates-; la manía de sospechar de todo al punto que se sospecha del amor de los demás, de la buena voluntad de la pareja; la incapacidad de ver sentido en lo que nos depara la vida. En la facultad de filosofía no aprenderán nada para precaverse contra estas deformaciones. Y sin embargo, qué importante es mantener todos estos valores bajo el beneficio ocasional que proporcionan a pesar del sufrimiento. Ya señalaba Francis Bacon que pensar es algo que se hace con algunos prejuicios y no en contra de ellos. ¿Cuántas veces no se verán tentados, bien sea por la necesidad o por propia elección contaminante, a escribir los lineamientos de una política social, porque tu escribes muy bien, o a extender algún código opresivo y estúpido porque tu entiendes, o a redactar un manual de instrucciones porque lo pagan muy bien?
No abogo acá por una forma de purismo. Más de una vez me he visto en esa penosa situación de tratar de hacer una tarea que sé que es absurda, poniéndole a todo el empeño una “pizca de filosofía”. Pero no toda la necesidad es tan mala. Hay que conocer la pobreza (y uso acá el término en un sentido amplio)…poco se comprende que ella no es una escogencia positiva, sino el rechazo de cierta forma de opulencia vacía que nos parece ridícula. No en vano los que nos han precedido en el cultivo de esta llama han sentido cosas similares. Heráclito arrojó al mar toda su fortuna; Wittgenstein despreció sin pensarlo una herencia millonaria… simplemente porque la riqueza pareciera una tendencia unidimensional, porque en los círculos de los más ricos no parecemos encontrar la compañía que nos hace vibrar como pensadores. Así mismo, la buena costumbre de los filósofos de respetar sólo lo que es incondicional hace que desconfiemos del poder. ¿No es más sencillo acaso pensar que las instituciones son endebles y contingentes? ¿No hubiéramos sin embargo querido como filósofos y como personas pertenecer, a una casa o a una patria que pudiéramos llamar propia como se llama propia a la misma naturaleza?
Ludwig Wittgenstein
La mayor lucha que tendrán probablemente no venga de ese tipo de política en el sentido amplio de partido sino en el de las “políticas personales”, porque serán ustedes personas más dadas a guiar su vida por medio de la razón que por medio de una estrategia. Ya lo decía JS Mill hace más de 150 años; no es del poder de la política del cual nos debemos precaver, sino del de los demás. Y créanme el absurdo oxímoron que planteo: la razón puede ser irracional. A menudo he sido víctima del más inclemente ostracismo personal al buscar la amistad de alguien, al exponer lo que pienso con claridad y sin tapujos. El colectivo espera maquinación donde no hay otra opción honesta que elección; un maniqueo blanco o negro, un sí o no en donde como filósofo se alcanza a ver una gradación. Si eres diferente, estás condenado a la soledad decía Aldous Huxley.
Como si fuera poco, todo esto no los botará a una fama, ni siquiera póstuma. Muy probablemente como filósofos, la verdad es que en sus vidas influirán sobre poca gente, sobre una comunidad cerrada y numerada entre la cual a menudo se cuentan sus propios amigos. No podemos aspirar a más; los sueños de ser un pensador público, si los logran, probablemente no vendrán más que por sus propios medios.
Al interior de las instituciones educativos no llegará el ansiado premio del pensamiento más que cuando hacen o constituyen una comunidad, esa extraña amistad y amor del pensamiento compartido con algunos que los siguen y que aprenden de ustedes. A las universidades les interesa el conocimiento en la misma medida en que a los restaurantes la nutrición: si se logra como un producto secundario, maravilloso; si no, no es aquello en lo que están. Las instituciones, si son verdaderos pensadores con alguna pizca de originalidad, pronto las sentirán como marcos muy estrechos, más interesadas en la credencialidad del conocimiento que en el conocimiento mismo. Lo que quiero decir es que muy probablemente, en este camino sean más las dificultades, y lo poco que contribuyan al pensamiento será magro y de seguro llegue tarde, pero no será un ridículo ascenso en un escalafón profesoral.
Si no hay plena convicción de esa vida o incluso del camino de la filosofía en general, vale la pena abandonar la absurda tarea de una vez. Créanme que he conocido a filósofos y a estudiantes de filosofía que no les gusta la filosofía; vaya uno a saber qué hacen. No hay vergüenza en la renuncia a la que los invito. Los sueños suelen ser caros y si, como le aconsejaba Rilke al joven poeta Kappus con respecto a ser escritor, la pregunta de si ser filósofo pronunciada en la hora más oscura de la noche resonara con un atisbo de duda, no se insista en ello. Siento que a su edad, esa disuasión es la más efectiva de las invitaciones. Yo no entusiasmo a nadie a seguir con un camino que no está trazado para todos. ¿Pero cómo negarles esa estupidez primordial por la elección que nos vuelve filósofos?
De otras inclinaciones, en cambio, los invito a estar en alerta constante. Cuando uno empieza a exhibir formas de impaciencia con la realidad, cuyas contingencias le parecen afrentas personales; o anda exhibiendo un yo diseñado por sí mismo que ríe hipócritamente por todo, cuando hay más respeto por los títulos que por la sabiduría, cuando se cree uno imbuido de una alta misión…no duden que han caído en los síntomas clásicos de la estupidez que definió Fernando Savater. Es entonces cuando deben regresar a la filosofía.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Un país narrado, pero no leído - Una idea para estimular la lectura en Colombia

En Dallas, Texas ,  si un chico en edad escolar no está leyendo, la ONG  Earning by Learning  se ofrece a “estimularlo” con dos dólares por libro consumido. De hecho, un estudiante que mejora su rendimiento se puede llevar a casa en un mes no solo la satisfacción del conocimiento sino entre 400 y 1.000 dólares. Según sus proponentes, el programa ha “ funcionado” : sus beneficiados han mejorado en lo que los americanos consideran es la comprensión de lectura, por no mencionar que para 2010 ya había convertido en felices “clientes” a 77 mil de ellos. Estas son cosas de los americanos que aman resolver todo echando mano de la billetera, se dirá. Pero en Colombia no estamos muy lejos, sólo que le hemos puesto más “lúdica” al asunto, para que el soborno tenga un sabor pedagógico. Entre todas las estrategias que se han considerado para estimular la lectura está la de poner al país a leer un libro que se evaluará por preguntas semanales que prometen premios, un absurdo realit...

CFV n. 20 EL ENIGMA DEL TIEMPO

Este jueves 30 en el Café Filosófico EL ENIGMA DEL TIEMPO Es con gran alegría que les cuento que luego de muchos guiños, logré que uno de los más grandes ensayistas de estas tierras nos  acompañara  para hablarnos de uno de sus temas, El Tiempo (afortunadamente no el diario), en perspectiva filosófica. Tendremos con nosotros a  Paul Brito . Paul describe su charla así: "¿Qué es el tiempo más allá de la medida de los relojes o la magnitud de cualquier otro parámetro simbólico? ¿Qué es el tiempo real, detrás de toda abstracción o síntesis? ¿Duración, devenir, entropía? ¿El tiempo real es continuo o también es discontinuo, o ambas cosas a la vez? Y si es ambas cosas, ¿cómo se articulan esas dos propiedades aparentemente contradictorias?"